Una pose.

Un tono de voz.

Una forma de vestirse.

Un tipo de foto.

Una manera de mirar a cámara como si nada te importara, cuando en realidad te importa todo.

Y cuanto más lo veo, más pienso que muchas confundimos una estética, una tendencia con una identidad.

Como si ser interesante fuera mostrarse de cierta manera. Como si tener gusto fuera acertar con la tendencia correcta. Como si la seguridad fuera aprender a parecer segura.

Pero no.

Ser cool no es performar una personalidad.

Ser cool es, en realidad, ser.

Ser de verdad.

Sin tanta explicación.

Sin tanta confirmación externa.

Sin la necesidad constante de traducirte, justificarte o convertirte en contenido para que exista una prueba de que estuviste ahí.

Hay algo profundamente poco cool en vivir mirándote desde afuera.

En pensar tu vida como si siempre hubiera una audiencia.

En vestirte preguntándote si gusta, en vez de preguntarte si TE GUSTA.

En ir a un lugar hermoso y ya pensar cómo lo vas a mostrar antes de haberlo vivido.

En elegir música, ropa, lugares o incluso opiniones según cómo se verían publicadas o en que van a pensar los demás.

Y lo más peligroso es que se vuelve normal.

Tan normal que empezamos a escuchar más a las tendencias que a nuestro propio gusto.

Tan normal que la identidad se vuelve reactiva a lo que nos impone un video de TikTok.

Y para mí… ahí empieza a morirse algo más importante: la relación con una misma.

Porque hay una confianza que no se puede fingir.

No se compra.

No se estudia en frases de Pinterest.

No aparece por vestirte como alguien que admirás.

La confianza genuina nace cuando, de a poco, te vas demostrando que podés habitarte.

Que podés sostener una elección aunque no sea la más aplaudida.

Que podés tener gusto propio aunque no coincida con lo que más circula.

Que podés hacer cosas difíciles, probar, equivocarte, volver a intentar y construir una forma de estar en el mundo que no dependa de que alguien la valide.

Eso, para mí, es ser cool.

No entrar a un lugar queriendo impresionar.

Entrar a un lugar y estar tan en eje con vos misma que no necesitás anunciar nada.

Creo que por eso algunas personas tienen una presencia tan fuerte aunque no digan demasiado. No porque estén calculando un misterio, sino porque hay algo muy magnético en alguien que no está desesperado por ser visto.

Alguien que no te está pidiendo que lo mires todo el tiempo. Alguien que no está actuando.

Y ojo: no estoy diciendo que ahora lo cool sea desaparecer, volverte ermitaña o eliminar las redes sociales. Tampoco creo en romantizar el silencio por el silencio mismo. No se trata de retirarte del mundo ni de jugar a ser inaccesible.

Se trata de otra cosa…

De elegir.

De tener criterio.

De decidir qué mostrás, qué guardás, qué compartís y qué dejás crecer en privado.

Hay una riqueza enorme en las cosas que todavía no fueron observadas por todos.

En una idea que todavía no publicaste.

En una playlist que no subiste.

En un proyecto que está madurando sin exposición.

En un look que te encantó aunque nadie te lo haya elogiado.

En una parte tuya que no necesita convertirse en prueba para sentirse real.

Tu vida se vuelve más rica cuando no está siendo observada todo el tiempo.

Y no solo más rica: también más tuya.

Porque cuando todo se muestra enseguida, algo se aplana.

Se pierde tensión, el misterio, la intimidad.

Se pierde esa pequeña distancia entre vivir una cosa y exhibirla.

Y esa distancia importa.

Importa porque ahí se forma el gusto.

Ahí se cocina la identidad.

Ahí aparece la voz propia.

No en el instante de la reacción ajena, sino en el espacio silencioso en el que una puede preguntarse:

¿Esto me gusta de verdad? ¿O me gusta porque aprendí que debería gustarme?

¿Esto me representa? ¿O me ayuda a encajar?

¿Estoy eligiendo? ¿O estoy respondiendo?

Para mí, granada! studio también nace bastante de esa pregunta.

De mi amor por los objetos con carácter, sí.

Por la moda, el detalle, la textura, la forma.

Pero también de una incomodidad mucho más profunda con todo lo que se siente demasiado obvio, demasiado repetido, demasiado hecho para gustar rápido.

Siempre me interesaron más las piezas que no te piden permiso.

Las que no intentan caerle bien a todo el mundo.

Las que tienen algo propio.

Y supongo que, en el fondo, eso es lo que también busco para mí.

Una manera de vestirme, de crear, de mostrarme y de vivir que no dependa tanto del “like”

Un gusto más moldeado por la experiencia que por el algoritmo.

Una presencia menos ansiosa.

Menos performática.

Más verdadera.

Más mía.

Quizás por eso hoy me parece que lo nuevo cool no es ser vista todo el tiempo.

Lo nuevo cool es no necesitarlo tanto.

Porque al final, la seguridad más linda no es la que posa bien.

Es la que descansa en algo real.

Y lo más cool de todo no es parecer alguien,

es llegar a un punto en el que ya no necesitás imitar a nadie.

Solo ser.

xoxo,

Fran :)