
¿Nunca les pasó de lavar el auto y que al día siguiente llueva?
¿O que esté lloviendo a cántaros, te comprás un paraguas y al instante deja de llover?
¿O estar esperando el colectivo hace una hora, prenderte un pucho y que a los dos minutos aparezca?
¿O cuando estás en la cola del súper, ves que la de al lado avanza más rápido, te cambiás… y justo la fila en la que estabas empieza a ir más rápido?
Si alguna vez te pasó algo así, o algo parecido, es porque fuiste víctima de una ley universal, general e inevitable: la Ley de Murphy.
Soy “fan” de esta ley. Me la enseñó mi papá cuando era chica y, a medida que crecí, cada vez me volví más consciente de ella.
A simple vista parece una ley pesimista, negativa, mala onda. Pero justamente por eso, en este archivo les quiero contar de dónde viene, de qué se trata, cómo aparece en nuestra vida cotidiana y, sobre todo, cómo usarla a nuestro favor.
Porque, la verdad, la Ley de Murphy es muy graciosa.
Sobre todo cuando mirás para atrás y decís: claro, obvio que iba a pasar eso.
Su origen
Ok, voy a ser breve para no aburrirnos.
La Ley de Murphy se remonta a la década del 40, cuando el ingeniero aeroespacial Edward A. Murphy Jr. dijo que, si algo tenía una posibilidad de salir mal, iba a salir mal.
El tipo trabajaba haciendo experimentos con cohetes para la Fuerza Aérea de Estados Unidos. En uno de sus tantos intentos fallidos, le echó la culpa a su asistente diciendo algo así como:
“Si hay una forma de cometer un error, la va a encontrar.”
Según otra versión, la de George Nichols —otro ingeniero que estaba ahí—, la famosa ley surgió más tarde, en una conversación entre miembros del equipo, y con el tiempo se transformó en esta frase que ya todos conocemos:
“Si algo puede salir mal, saldrá mal.”
Y lo mejor de todo es que la versión más famosa de la ley aparentemente ni siquiera fue pronunciada por Murphy. Esa formulación se popularizó después, incluso con ayuda del escritor de ciencia ficción Larry Niven, que escribió historias sobre mineros de asteroides que temían y adoraban a una especie de dios del caos llamado Finagle, junto a su profeta demente Murphy.
O sea: ciencia, cohetes, errores, religión ficticia y un toque de delirio. Increíble jijij.
El espíritu de la ley
Más allá de la frase exacta, la idea de fondo sería algo así:
Todo lo que puede suceder, sucede.
Y me parece muy loco cómo un principio que surgió en contextos técnicos —ingeniería aeroespacial, física, experimentos químicos y demás ámbitos donde claramente no conviene improvisar— terminó colándose en todos los rincones de nuestra vida cotidiana.
Porque en el fondo, la esencia de la ley tiene mucho que ver con esto:
anticipar errores, desvíos, problemas o accidentes antes de que ocurran.
Eso, en diseño o en ingeniería, se llama algo parecido a un principio de diseño defensivo: pensar qué podría fallar antes de que falle.
Y la verdad… en la vida aplica bastante.

Algunos corolarios maravillosos de la Ley de Murphy
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Si algo puede salir mal, saldrá mal.
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Nada es tan fácil como parece.
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Todo lleva más tiempo del que uno piensa.
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Si se dejan a su suerte, las cosas tienden a ir de mal en peor.
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Si todo parece ir bien, es evidente que pasaste algo por alto.
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Es imposible crear algo infalible porque los tontos son muy ingeniosos.
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La luz al final del túnel no es más que la luz de un tren que se aproxima.
Jajajaj, estaba tranquila la ley.
Escuchado así, sí: tiene una carga bastante negativa, bastante pesimista.
Pero, siendo honesta, no me gusta verla así. Ni vivirla de forma tan literal.
A mí me gusta la Ley de Murphy y convivo con ella todos los días, pero de otra manera: más precavida que pesimista.
Cómo la pienso yo
Yo la vivo más o menos así:
Tengo que salir en el auto.
Agarro la cartera, la campera, los lentes de sol.
Salgo.
Ya sentada, me doy cuenta de que no tengo la billetera con el carnet.
Y pienso:
“Bueno, solo voy al almacén. Está cerca, es dentro del barrio, no la necesito.”
Y ahí aparece Murphy, susurrándome al oído:
“Si salís sin la billetera, justo hoy vas a chocar o te van a chocar y vas a necesitar el carnet y el DNI.”
Entonces, como está abierta la posibilidad de que eso pase, me adelanto: me bajo del auto, busco la billetera y recién ahí salgo.
Ahora que la llevo, no pasa nada.
Pero si hubiera salido sin ella, nunca voy a saber si efectivamente iba a pasar algo o no.
Lo único que sé es que yo no me arriesgo.
¿Es una cábala?
¿Es intuición?
¿Estoy un poco loca?
Puede ser todo al mismo tiempo.
Pero a lo que voy es que no hace falta leer la Ley de Murphy como una filosofía pesimista, como si fuéramos víctimas condenadas a que siempre pase algo malo. Es estúpido pensar y vivir así!
Yo prefiero verla como una especie de regla general que te ayuda a prevenir situaciones. Como una conciencia medio paranoica, sí, pero útil. Una vocecita que te dice: “che, preparate por las dudas”.
Murphy en la vida cotidiana
Por ejemplo:
Si te estás preparando una tostada con manteca, no la apoyes en el borde de la mesa. Ponela en un plato, bien adentro. Así reducís las chances de que se caiga del lado de la manteca. Porque todos sabemos que, si cae, cae del lado de la manteca. No se discute.

O esta otra:
Sabés que está por llegar un pedido de Mercado Libre, pero te estás haciendo pis.
Y sabés —porque lo sabés— que en el exacto momento en que entres al baño, te van a tocar el timbre.
Entonces, en lugar de seguir esperando, Murphy nos diría:
andá al baño de una vez, así hacés que llegue el paquete.
No sé si funciona científicamente.
Pero espiritualmente, sí.
Entonces, ¿Qué hacemos con esta ley?
En conclusión, siento que la Ley de Murphy es una ley universal que nos pasa a todos. Pero también tiene que ver con la sensibilidad que tenemos frente a nuestra propia intuición.
Qué tan conscientes somos de cómo funcionamos.
Qué tan atentos estamos a cómo suelen desarrollarse las cosas.
Qué tanto entendemos nuestras rutinas, nuestros errores y las tendencias de la vida cotidiana.
Y también —esto me gusta mucho— puede servir como herramienta para quienes practican el estoicismo cotidiano.
Porque al final, si lo pensás, hay muy pocas cosas que realmente podemos controlar: nuestra mente, nuestras decisiones, nuestra actitud, nuestro albedrío.
Todo lo demás… no tanto.
Entonces, si pasan cosas buenas o malas, somos nosotros quienes elegimos cómo interpretarlas. Si dejamos que una ley nos dicte el destino o si, en cambio, usamos esa conciencia para prepararnos mejor y vivir con un poco más de lucidez.
No se trata de pensar que todo va a salir mal.
Se trata de saber que puede salir mal… y actuar en consecuencia.
Con cariño,
Fran
xoxo
